sábado, 8 de agosto de 2009

Siempre supo que no podría ser poeta

Le dijo cosas hermosas. La comparó con encantos incomparables, con sentimientos incomparables, con un mar de emociones en vaivén... Un mar rico en amor y en vida; inmenso, infinito, inabarcable...

Le prometió todo y más, jurando que el cielo no sería suficiente. Le susurró una y otra vez las cosas más bellas. A veces en forma de simple conversación, a veces envueltas en la más cuidada retórica. Parecía que el mundo no pudiera tolerar tanto sentir. Que las palabras no llegasen a comprender tanto sentir. Y el tiempo - que todo lo tolera, que todo lo comprende - siguió pasando como si nada. Antes y después, inclemente y sabio. Y cruel. Y amable.

Y llegó el día en que tuvo su epifanía.

No paseaba por una hermosa playa. Ni sus mejillas se bañaban en lágrimas de cristal. No fue un momento poético y visual, pero sí - y es lo que importa - un momento esencial.
La venda se le cayó de los ojos poco a poco y, ya desde el suelo, le gritó toda la verdad; simple y directamente, sin retórica alguna, para que no pudiese ignorarla nunca más.
La realidad de su historia se materializó inmaterial, sin necesidad de una sola palabra. Y supo exactamente lo que la vida le estaba diciendo... "La musa es tan sólo una excusa. El poeta sólo ama sus letras."

Y supo que no volvería a dejarse engañar. Y siguió su camino con la más bella - y real - sonrisa que jamás hubiese adornado su cara.


A new philosophy of life... in bloom.


1 comentario:

proserpina dijo...

delicioso relato...