Deberían haberle llamado Ulises, porque ni atándose al palo mayor deja de escuchar los cantos de sirena. También podría haber sido nombrado con una sola sílaba: Pez, en honor a su incapacidad de recordar la forma de las piedras con las que ya ha tropezado. Sus padres podrían haberle puesto Geppetto, por empeñarse en creer que son ciertos los sueños que construye a base de -inerte- madera. Aladdin tampoco hubiese sido una mala elección... le preocupa demasiado que los demás le vean como un príncipe cuando es un -más que digno- cualquiera. Pero volvamos a la mitología, ¿no habría sido Paris el mejor de los nombres? Es capaz de dejar que ardan ciudades por una mujer... ¡sobre todo si no es la suya! Pensándolo bien, cualquier nombre era mejor que Paco. No, no. No Francisco. "Pa" - "co". Así aparecía, tal cual, en su carnet de identidad. Pero, a veces, un nombre humilde es el mejor reto al que nos podemos enfrentar, ¿no creéis?
¿Amor? Mira, no tengo tiempo... Separemos lo físico de lo emocional. Para lo último ya tengo a mis amigos. Para lo demás, sé vivir con lo justo y necesario. Que te rompan el corazón es muy cansado y poco útil. Si no das no recibes, y hablo de hostias, no me malinterpretes... Que sí; que si me escondo tras un muro, que si insensible, que si seguro que lloras viendo "Love actually"... Que sí, que lo que quieras. Cuando alguien tenga la paciencia de echar el famoso "muro" abajo, piedra a piedra, le miraré a los ojos y le diré: Quédate. Pero no le pido a nadie esa paciencia. A mí misma a la que menos...
Le acompaña al cine. Incluso a veces comparten las palomitas, como comparten tantas otras cosas: gustos, aficiones, pasiones... Pero lo que no comparten es lo que él siente por ella; eso que jamás confesará. No comparten las infusiones relajantes que le permiten dormir cuando sabe que va a verla. No comparten las horas frente al pequeño armario decidiendo qué camiseta le va a gustar más. No comparten los pelos de punta, el estómago cerrado y los temblores. No comparten la agonía de su olor. No comparten los sueños y fantasías nocturnas, ni la búsqueda de señales imaginarias que hablen de un amor que no es más que triste cariño. A la larga tendrá que dejar de verla. La tendrá que olvidar... y lo sabe. Ningún corazón puede bombear tanta sangre sin recibir oxígeno.
I've been waiting a long, long time to be brave enough, to be sure enough. I've waited too much I think... In fact, I know I have. I was expecting a change. I was expecting you'll notice on your own. I was expecting you'd realise where our limits were. I had such great expectations... I hid beneath them and was too scared to come out. So now that I'm finally ready, now that I've learned and I know it, now that I'm finally strong enough to declare the feelings I've kept inside for so long, whose power was so brutal I felt as if I could burst, now that I know you will never be brave enough for anything, I just wanted to say to you one simple thing:
Parecía que el semáforo tardaba una eternidad en ponerse en verde y eso le angustiaba. Le angustiaba porque sabía que, cuando por fin lo hiciera, el camino al otro lado también iba a ser una eternidad. Una eternidad entre él y una simple barra de pan. Y eso le creaba un tremendo sentimiento de culpa hacia los conductores, que tendrían que esperar impacientes a que el viejo cruzase de una maldita vez. Se moría de ganas de quitarse el mal trago de en medio. Por fin se abrió la veda y cruzó, rodeado de veloces transeuntes ocupados en sus atareadas vidas; hablando por el móvil o andando al ritmo de la música en sus cascos. Cruzó todo lo rápido que le permitieron sus lentos pies de tortuga vieja. Al llegar al otro lado, entre pitidos, se le olvidó qué hacía allí y tuvo que pararse un rato a pensar. Por fin se acordó... ¡el pan!. Entró a la panadería y la tendera le sirvió la mejor barra, como siempre, entre sonrisas. Él le contó uno de sus viejos y mejores chistes y ella le regaló un bollito de queso como premio. El tibio olor del local, la sonrisa de la tendera y el bollito le hicieron intensamente feliz. Pero al salir a la calle se dio cuenta de que tenía que volver a cruzar y deseó, como hacía cuando era pequeño, poder quedarse a vivir entre bollos.
Cruel fate to find, still stranded in my pocket, the wrapper from that chewing gum you gave me the first and last day we kissed. I know it's from that day because I haven't been able to eat them ever since. Just the smell of mint is enough to make me cry.
Blanco sobre blanco. Sin un atisbo de sombra. Así fue toda la verdad: inerte, insípida y plana. Tan poco original, tan impoluta, que le hizo sentirse impotente.
Blanco sobre blanco... Y la angustia le venció, y sus lágrimas hicieron estallar todas las compuertas y acabaron por mojar sus calcetines.
En cuanto creyó percibir su presencia echó a correr tan rápido como le permitieron sus piernas. Se arrepintió de haber dejado el gimnasio, de no comer tan bien como antes, de llevar una vida tan pausada. Su estado físico era bastante lamentable, mucho peor que antes. Pero corrió como una loca. Corrió tanto que se asombraba a sí misma. Y dió igual, porque en todo momento le sentía detrás. Tan cerca que casi podía tocarla. Le sentía a su espalda. Como siempre. Incansable. Su pasado tenía mucho más fondo que ella. Por lo visto, se cuidaba bien. La calle llegaba a su fin y sus fuerzas también se agotaban. Entonces vió lo que más había temido: un callejón sin salida. "Dead end" en inglés, ¡qué lengua tan exacta! Cada zancada le acercaba más a aquel bloque de ladrillo, pero no podía volverse atrás, así que siguió corriendo.
Según avanzaba pudo ver que, en medio de aquel inoportuno muro, se alzaba una puerta de madera de roble labrado con dibujos celtas, dibujos de manzanos, de criaturas mitológicas... y con un curioso pomo dorado en el que se apreciaba un oso agazapado sobre algún otro árbol que no supo reconocer. Justo frente a la puerta le esperaba alguien. Al llegar frenó en seco, sin atreverse a mirar -como siempre- hacia atrás. "¿Y tú quién demonios eres?", preguntó. "Tú futuro." "¡Pues déjame pasar!" "Sólo pasarás con él." Y al decir esto señaló firmemente a su espalda. Ella se quedó inmóvil un largo rato; pensativa, asustada. Al final hizo de tripas corazón y se dio media vuelta. Y, como no, allí estaba: su pasado. Tenía todas las inperfecciones, todos los errores, todas las cosas desagradables que recordaba. Pero, a pesar de todo, la miraba con una sonrisa que le recordó tantas cosas hermosas a la vez que se le saltaron las lágrimas. Le cogió de la mano y se giró mirando de frente a su futuro. "Ya puedes abrir", le dijo. Y los tres cruzaron la puerta, andando. Y ya no volvió a correr más. Pero sí que volvió al gimnasio...
ARGUMENTA la defensa de Mainar que el crimen de Fago no es el de «una persona ilustrada». ¡Como si la maldad entendiese de erudición o condición! Muchas - e ilustradas - plumas han llorado la realidad de que «el hombre es un lobo para el hombre» y este asesinato bestial - valga la redundancia- nos devuelve la cita a la mente. Pero el gran interrogante es qué «se cuece» en la psique del asesino - ilustrada o no. ¿Qué cruce de cables nos torna de hombre a lobo? ¿Habría luna llena aquella triste madrugada oscense? Porque Mainar se retracta de su primera declaración como quien, tras esotérica reconversión, no es capaz de asimilar el horror presenciado. Con la mirada perdida, se declara inocente y se redibuja como un héroe del pueblo; contradiciéndose y desdiciéndose en un caos declarativo que no logra convencer. Y no lo hace porque cualquier escenario escapa a nuestra comprensión. ¿Cuán grande ha de ser la ofensa para cobrársela con la vida? Qué miedo da saber a este lobo humano. Qué miedo no saber qué puede despertarnos a la licantropía...
Al coger otro puñado de palomitas rompió el silencio que, por un momento, se había instalado en la oscura sala.
Iban a empezar los trailers. ¡Le encantaban los trailers! Le dejaban una agradable sensación de querer ver más, saber más... de conocer esa historia, fuera cual fuese.
¡Sshhhs! ¡que empieza!
Una fecha: 2010 - fundido a negro... Un lugar: Madrid - fundido a negro... Y comienza a hablar una áspera y profunda voz masculina:
- Llegó huyendo de una vida llena de agujeros. No era desgraciada, pero tampoco realmente feliz. Necesitaba un cambio y lo necesitaba ya. Llegó sin saber lo que se iba a encontrar. Con muchas ilusiones bajo el brazo y muchos miedos por todas partes. Tras un largo viaje en coche, comienza su aventura...
Encontrará nuevos amigos, se reencontrará con los viejos y aprenderá a querer aún más a los que siempre han estado allí. Encontrará amores efímeros e intensos - quién sabe si algo más... - e intentará olvidar para siempre otros idiomas. Le pasarán miles de cosas. Algunas increíbles, otras... no tanto.
Camina sonriente por las calles de la capital. Ha encontrado su hogar sin querer. Es feliz; tanto que puede empezar a construir su vida. Está siempre en obras, como SU ciudad. Hay mil cosas por venir... mil sorpresas... mil crisis... ¡una vida entera! Cada día esta vida empieza. Y nunca ha estado menos sola.
Próximamente en cines... "Lo que tenga que pasar"
¡Qué bien! - pensó - ¡adoro los trailers que no te revientan la historia! Esto va a ser digno de ver, sí señor... ¡Qué ganas!
Cogió escuadra y cartabón y se dispuso a marcar los límites.
No tendrían un sólo punto débil. Líneas rectas perfectas, inamovibles. Tinta sobre papel. Imborrables.
Se sentó cavilando con la regla en la mano, dándose pequeños golpecitos en la rodilla... ¡Claro!, también necesitaba una longitud "x", calculada con esmero, para que no se le escapase nada. Tenía que ser un trabajo impoluto. Planeado, desarrollado y realizado con precisión milimétrica. Pura tecnología. Nada de artificios.
En sus planos comenzó por una lista. ¿Qué necesitaba separar? La simpatía de la amistad, el deseo del amor, la sinceridad del engaño, el esfuerzo rentable del vano, la justicia de la intolerancia...
Se pasó horas pensando y escribiendo. La lista daba vuelta a dos caras del blanco folio con encabezado azul celeste que había posado sobre su escritorio. Iba a ser un trabajo duro, de esos que ocupan toda una vida...
Se dispuso a materializar sus planos apoyándose en las firmes herramientas de plástico verde.
El esfuerzo le hizo sudar porque las líneas, una vez escapaban la punta de su rotring, se volvían indomables. Algunas dibujaban sinuosas curvas y se agitaban seductoras con la cadencia de un reptil. Otras se volvían invisibles a placer, paseándose por todas las tonalidades de gris habidas y por haber. Otras, símplemente, se plantaban verticales y testarudas, como postes telefónicos.
Pasaban las horas y los días, y su lienzo se asemejaba más al garabato de un niño que la precisa obra de ingeniería que había diseñado. Ya rozaba la desesperación cuando por fin decidió soltar el rotring y abandonar sus laboriosos planes. Se prometió no volver a derrochar semejante esfuerzo en tareas que le superaban.
Cual sería su sorpresa cuando, ante la perspectiva de una vida sin límites, su traidora herramienta de dibujo se alzó para trazar, con ayuda de sus labios, una hermosa sonrisa sobre su rostro.
Quién le iba a decir que no faltan las veces en que los finales que no planeas se disfrazan de fracaso para luego traer consigo las etapas más dulces. Etapas de esas que llenan una y muchas vidas. Etapas de esas que nos hacen, o eso dicen, madurar.
Le dijo cosas hermosas. La comparó con encantos incomparables, con sentimientos incomparables, con un mar de emociones en vaivén... Un mar rico en amor y en vida; inmenso, infinito, inabarcable...
Le prometió todo y más, jurando que el cielo no sería suficiente. Le susurró una y otra vez las cosas más bellas. A veces en forma de simple conversación, a veces envueltas en la más cuidada retórica. Parecía que el mundo no pudiera tolerar tanto sentir. Que las palabras no llegasen a comprender tanto sentir. Y el tiempo - que todo lo tolera, que todo lo comprende - siguió pasando como si nada. Antes y después, inclemente y sabio. Y cruel. Y amable.
Y llegó el día en que tuvo su epifanía.
No paseaba por una hermosa playa. Ni sus mejillas se bañaban en lágrimas de cristal. No fue un momento poético y visual, pero sí - y es lo que importa - un momento esencial. La venda se le cayó de los ojos poco a poco y, ya desde el suelo, le gritó toda la verdad; simple y directamente, sin retórica alguna, para que no pudiese ignorarla nunca más. La realidad de su historia se materializó inmaterial, sin necesidad de una sola palabra. Y supo exactamente lo que la vida le estaba diciendo... "La musa es tan sólo una excusa. El poeta sólo ama sus letras."
Y supo que no volvería a dejarse engañar. Y siguió su camino con la más bella - y real - sonrisa que jamás hubiese adornado su cara.
Y respiré y tu olor no era el de siempre. Era más dulce que nunca. Era distinto pero igual y me arrastraba otra vez... Más si cabe por hacer tanto tiempo ya que no te esperaba. No te esperaba ni deseaba ya, y me lo devolviste todo, todo el deseo - ¡más vivo que nunca! - con una sonrisa, una frase y una caricia. No hizo falta más. No hizo falta nada más...
Mirarte a los ojos y ver fue abrir de par en par las compuertas al recuerdo preso. Me inundé de lo que fue y lo que no fue. Me di cuenta de cuanto habíamos cambiado para ser, en el fondo, los mismos. Tu mirada seguía diciendo dos cosas a la vez. Más de lo que puedo describir. Más de lo que me dirás jamás. Y yo seguía sin atreverme a preguntar. Sin atreverme a arrancarte lo que en el fondo sabía que querías darme. A pesar del miedo. A pesar del mundo.
Tú, antes que nadie y después de todos. Tú otra vez. Y, como siempre, nunca tú.
Y dejé que me hablaras. Dejé que rozaras mi mano, el brazo, el cuello, la cara... Y me acerqué lo suficiente para hacerte luchar contra ti mismo. Acerqué mis labios a tu oído para decirte... No importaba qué. Sólo era una excusa para dejarme invadir y respirar tu perfume, básico y sensorial como tu aliento y tu tacto... el sonido de tu voz... y mi silencio.
Mi silencio llegó de repente, cuando volví a pensar. Cuando volví a dudar. Como siempre. Como antes. Y quedó todo por decir; otra vez.
No te he vuelto a ver desde entonces y cada día me pregunto qué pasará si te encuentro. Y me acelera saber que ese momento está cerca. Seguro. Y me juro que te miraré a los ojos y te diré lo que tus ojos dicen. Lo que mis ojos dicen. Y no habrá más mentiras entre los dos. A pesar del mundo...
De todo y más. Y la respuesta no se ajusta a la amplitud de la pregunta.
¿Qué hay que pensar? De hecho, ¿se piensa en 'qués', o quizás en 'cómos'? Muy a menudo pensamos en 'cuándos', lo llamamos recordar. Y nunca se ajusta a la amplitud de la experiencia. En cualquier caso, pensamos demasiado. O demasiado poco... Y otra vez la pescadilla se muerde la cola, convirtiéndose en la envidia de millones de perros alrededor del globo - y haciéndose un daño tremendo, por cierto.
Todos nos hacemos daño. A menudo, supongo, para comprobar que aún seguimos vivos... "I hurt myself today, to see if i still feel. I focus on the pain, the only thing that's real" Es un extraño comportamiento del ser humano... La naturaleza con lo lista que es debiera impedir el dolor ¿no? Pues no. El dolor tiene su función y no es difícil, pensando un poco, darse cuenta de cual es.
Es una tarde extraña para escribir. Tengo sueño y estoy cansada. Pasan muchas cosas y a la vez no pasa nada. Y esto pasa demasiado a menudo.
Y todo se queda en deseos.
Pero estoy de un buen humor increíblemente rebelde.
Cruzó la estación una chica que iba comiéndose un Magnum. ¡Vaya pinta! De esos de chocolate con leche que tienen trocitos de almendra y son de helado de vainilla. Mmm...
Llovía, pero no hacía frío. El sol hacía acto de presencia como buenamente podía, colando algunos rayos rebeldes entre las nubes grises. Hacía que resultase molesto abrir demasiado los ojos...
Había sido un mal día. De esos en los que hubiera sido mejor no salir de la cama. De esos que hacía tiempo que no tenía.
Sin pensárselo dos veces mandó al diablo la operación bikini, los kilos de más y los de menos, las faldas y los pantalones ajustados... y se lanzó hacia el kiosco como alma que lleva el diablo, decidida a caer en la tentación antes de que se le escapase el bus de las 6.
Un bombón y un kinder bueno. Ni siquiera lo tuvo que pensar. Parecía una realidad aplastante que eso era exactamente lo que su cuerpo necesitaba en ese momento. Ninguna otra delicia de las allí presentes llamaba su atención, ni despertaba su curiosidad, siquiera lejanamente. Sabía lo que quería y lo cogió. Sin más.
Se sentó en el autobús con la chocolatina en el bolsillo; el bombón ya había pasado a mejor vida... Se apoyó en la ventanilla a ver como dios -o quienquiera que sea- mojaba el mundo sin clemencia, sin importarle si la gente quería ser mojada o no. ¡Qué gran gesto de poder! Y se paró a reflexionar acerca de la inevitabilidad de las cosas. Acerca de las cosas que se pueden cambiar y las cosas que intentas cambiar y se quedan en un intento.
Afuera llovía y llovía y los coches lanzaban el agua a un lado y al otro con sus limpiaparabrisas. Un buen ejemplo de intento. Nadie escapa a la lluvia... Por mucho que nos refugiemos siempre hay una gota que se cuela furtivamente en nuestro microcosmos y se aposenta en nuestra ropa, o en nuestros zapatos, o en nuestro pelo... o resbala por nuestra mejilla y significa más de lo que dicen muchas palabras.
Y siguió pensando mientras el autobús temblaba bajo sus pies; con el dulce sabor del chocolate en la boca, derritiéndose poco a poco. La chocolatina se acabó y el suave calor de los sillones y la tenue humedad en su gabardina le trajeron recuerdos que no podía concretar.
Poco a poco se fue quedando dormida. Y al despertarse se dio cuenta de que era un poquito más feliz.
Y el ruido del silencio cristalizó en un momento de contenida pasión. Hubo un cataclismo emocional. Se hundió el mundo y resurgió a su alrededor, girando en torno a su mirada; como un agujero negro, el negro de sus pupilas... Y se empapó de sus ojos azules y no pudo respirar. Y nunca había sentido tales ganas de besar... Y el momento se esfumó...
Me siento hoy en esta silla cincel en mano, pluma en mano, bolígrafo en mano, teclado en mano.
Me siento hoy en esta silla a redactar mi corazón en frases cortas y directas que lleguen o a esos alguien o a ningún sitio.
Me siento y me duelen la espalda y el cuello porque llevo mucho tiempo sentada. Demasiado tiempo sentada.
Me siento hoy para levantarme mañana y que sepáis que me he levantado y me levantaré siempre. Para vuestro dis/gusto.
Me siento hoy aquí pero no estoy pasiva. Y no soy compasiva. No soy compasiva. Soy lo que soy. Nadie es mejor que nadie...
Me siento hoy frente a esta ventana y el sol brilla al otro lado. Pero también brilla aquí dentro, muy fuerte, aunque acechado, como no, por nubes negras... ¡me quiero defender!
Me siento hoy porque no tengo fuerzas para mantenerme en pie. Pero aún quedan fuerzas para muchas cosas; para muchas Otras cosas... ¡y quiero intentar no volverme a caer!
Me siento hoy con la pena a mi vera, revoloteando como un molesto moscón al calor del duro agosto... ¡toma mi alma y déjame en paz! Pero la pena no es la única que se sienta a mi mesa redonda, y me sobran caballeros - y caballeras - de brillante armadura.
Me siento hoy frente a mi pasado y rememoro todo lo que hice mal, que no es poco... ¡os enseñé mi trocito peor! Pero ya no hay nada que ocultar, y muchos tienen mucho que ocultar. Tenedlo en cuenta. So is life.
Me siento hoy cansada y dispuesta, moribunda y llena de vida, sin nada que perder y con mucho que ganar, decepcionada y saciada de fe, rabiosa y calmada, dolida e indiferente, culpable pero no de todo...
Me siento hoy como un halcón herido por las flechas de la incertidumbre. Me siento hoy como un halcón llamado a las filas de la insurrección.
Bueno señorita, hemos comprobado sus referencias y apreciamos su... eh... "elocuencia" - no crea que su mordaz comentario afirmando que éste es, sin duda, un derecho universal ha pasado desapercibido...
Sin embargo, veo serias carencias en lo que a experiencia se refiere; su formación deja bastante que desear y aún mantiene como única su lengua materna... mm... bien...
No quisiera seguir adelante con este proceso de selección sin tocar un punto que es... digamos... "central" para nuestros intereses. Así que, si es tan amable, respónda de manera concisa a esta pregunta:
Usted, señorita, ¿Por qué considera que merece vivir?
Llegó el día. Un día cualquiera. Y a la vez el único que, si pudiera, borraría del calendario para siempre.
Llegó por la puerta de atrás. Ella casi no se acordaba de que estaba a punto de presentarse, como todos los años. Pero el día se acercaba poco a poco - sigiloso y oscuro - desde los rincones de su memoria.
Llegó y la envolvió. Y fue un día cualquiera. Húmedo y frío. Y tenue. Y vacío... Pero un día cualquiera. Porque ya no era más que un día. Ya no... era. -- Como el nombre de alguien que ha muerto; no nombra nada, sólo es el eco de un recuerdo...
Durante la mañana la dejó vivir. Pero, al llegar la noche, inundó su mente con las mismas imágenes. Otra vez. -- Riéndose de ella, humillándola, haciéndole sentir insignificante y vacía; metió la realidad en su mente a empujones, mezclándola con sus recuerdos y miedos. No quedó sitio para ella. Para lo que quedaba de ella, que se revolvía en la cama sudando y llorando entre las imágenes que nunca quisiera volver a ver. No la dejó descansar.
Pero la noche acabó y llegó otro día. No nuevo, pero al menos otro. Otro día cualquiera. Ya había pasado.
Pero el dolor no. El dolor no se pasa. Su tiempo no sabe curar. Olvidó estudiar medicina...
Entró en el lugar como alma que lleva el diablo. Su pelo encrespado, frío como el aire de la calle, se le empezó a posar suavemente sobre la espalda mientras la puerta se cerraba tras ella. Pero su recia mirada no descansaba.
Encendida; la rabia retorcía su cuerpo, su alma y su impecable vestido blanco. Su brazo derecho colgaba casi inerte; como si el viejo revólver que sujetaba pesase una tonelada.
La sala estaba vacía. Recorrió el amplio pasillo flanqueado por hileras de bancos - todos adornados con flores y lazos. Flores y lazos que no ve. Flores y lazos que no importan, que no significan. Nada. -- Los tacones de sus hermosos zapatos repicaron sobre el suelo de mármol blanco. Avanzó con paso firme y decidido. Hasta que el pasillo se acabó.
Levantó el arma ayudándose de ambas manos. Sus brazos temblaban entre la rabia y el miedo. Miedo por saber que lo iba a hacer. Miedo por saber que nada la podía parar. Ya no.
Disparó. Un tiro limpio, directo a la frente de la estatua que la miraba compasiva desde lo alto del altar. La cerámica estalló en mil pedazos, pero aún la escultura le tendía una inclemente palma abierta desde su pedestal.
Alzó la mano izquierda en gesto de despedida y con la derecha apretó el cañón del arma contra su pecho. Un segundo disparo le desgarró de lado a lado el corazón. Las piernas le flaquearon y cayó al suelo. Se hizo el silencio. Un silencio asesino.
La sangre comenzó a dibujar la tibia silueta de un corazón sobre el frío suelo insensible. Su vestido se teñía poco a poco de un hermoso color escarlata. Parecía un traje de fiesta. Radiante.
Desde la ornada cúpula de la sala, un pequeño demonio la señalaba travieso con el dedo, dedicándole una media sonrisa de satisfacción. Pensó que esa sería la última imagen en su retina. Pero el sol se coló de pronto por las cristaleras dibujando un poderoso haz de luz. Una paloma blanca sobrevoló la escena. Ella sólo pudo sonreír ante la ironía de la situación. Luego rompió a reir, casi histriónicamente; hasta que no pudo reír más.
Entonces cerró los ojos y ya no hubo nada. Entonces, llegó la paz -- y ella se apagó.